Por Yarazai Simbrón.

Una pareja en medio de la banqueta. Ella mantiene los brazos cruzados y la mirada en el piso mientras él le habla a media voz moviendo las manos con cierta impaciencia.

Transitar en el espacio público es, para buena parte de los ciudadanos, un hacer obligado, la penitencia ineludible de ir y venir de un lugar a otro. Existe una amplia gama de estrategias para semiprivatizar nuestros tránsitos en la ciudad; por ejemplo, leer un libro, escuchar música o abrir las aplicaciones favoritas del celular. Sin embargo, cuando no ejercemos el legítimo derecho de ignorar a los demás es posible modificar la función meramente utilitaria del espacio público.

Después de un momento de silencio, él intenta acariciar el cabello de la mujer que no deja de ver el piso. Ella encoge los hombros y da un paso atrás.

Toda acción es potencialmente escénica cuando el ojo la enmarca como tal. El drama (acción) está diluido en el día a día, observar atentamente hechos cotidianos detona la teatralidad que encierran en sí mismos sin que por ello se conviertan necesariamente en teatro. . El teatro se sabe teatro, es una convención bien establecida, es conciente de su rol, de los límites del juego que plantea; por otro lado, la teatralidad puede presentarse sin previa convención, basta con un lector que sea capaz de mirarla como tal.

Él consulta su reloj. Vuelve a hablar pero esta vez no agita las manos. Ella nota que la agujeta de su tenis derecho no está atada y agita su pie en el aire.

La teatralidad que se observa en los espacios públicos no tiene bordes definidos, cuando menos no los del teatro convencional. El espacio y las acciones se expanden y se contraen, se yuxtaponen, se fugan, se trasladan o desaparecen; el rol de observador y observado cambia constantemente, pasamos de ser espectadores a ser ejecutantes sin tener plena conciencia de ello. Es gracias a esta “inestabilidad escénica” que los imaginarios individuales y colectivos convergen de tal forma que se revocan las jerarquías imaginarias establecidas.

Él intenta tocar nuevamente el cabello largo y negro de la mujer que juega con la agujeta de su tenis derecho. Ella permite la caricia.

Al observar la teatralidad en los espacios públicos no estamos bajo el resguardo de la convención del teatro, por lo tanto, nos enfrentamos al qué hacer ante dicha teatralidad. Decir algo o guardar silencio, ver discretamente o a ojo pelado, acelerar el paso o detenernos, esquivar o acercarse son sólo algunas opciones. Observar la teatralidad es una invitación a maniobrar, a abrir o anular posibilidades, a valorar, a discernir y decidir.

Veo hacia el otro lado de la calle, el camión se aproxima así extiendo el brazo para hacer la parada. Vuelvo la mirada hacia donde estaba la pareja. Él cruza la calle y se aleja mientras ella ata su agujeta.

Ser espectador del acontecer teatral en los espacios públicos no tiene como finalidad generar un juicio de valor estético como sí sucede en el teatro, lo que ofrece es más bien la ejecución un proceso creativo derivado de la lectura del texto (tejido) de la cotidianidad en el espacio público. Esta teatralidad abre canales de comunicación que permiten un diálogo desde el rol de habitante y no de soso transeúnte. Habitar el espacio implica el reconocimiento de los elementos que lo conforman, de los procesos que en él se generan y de la forma en que incidimos en éstos.

El camión se detine. Piso el primer escalón y antes de subir miro nuevamente a la mujer en medio de la banqueta. Ella permanece agachada, el cabello cubre su rostro. Alza la cabeza de golpe, ríe y se levanta. Vuelve a reír. Subo al camión, le pago al conductor, veo mis agujetas, están bien atadas. También me río.